Costa Rica se recorre como se lee una historia lenta, dejando que cada paisaje revele su propio capítulo.
Todo comienza en el Caribe, donde los canales de Tortuguero avanzan entre manglares y reflejos verdes, y la selva parece respirar al ritmo del agua. Más adelante, los senderos de Cahuita se abren junto al mar, entre arrecifes tranquilos y pueblos donde el tiempo se mueve despacio.
El camino se interna después en el corazón volcánico del país: bosques húmedos, cataratas escondidas y tierras que aún conservan el pulso del fuego en Arenal, Tenorio y Rincón de la Vieja, con ríos de colores imposibles y vapor que surge del suelo. En Monteverde, el bosque nuboso envuelve los pasos con niebla y silencio, como si todo quedara suspendido por un instante.
El Pacífico aparece entonces entre manglares, fauna diversa y playas abiertas, antes de ascender hacia las montañas de San Gerardo de Dota, donde los bosques de altura y las plantaciones de café acompañan la búsqueda del quetzal.
Un viaje que no se mide en kilómetros, sino en sensaciones que permanecen.
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