El otoño que aprendimos a escuchar.
Recuerdo el primer arce rojo encendido frente a nosotros, como si el propio Japón nos estuviera dando la bienvenida. Llegamos a Tokio entre luces y avenidas infinitas, pero bastó el silencio de un santuario para comprender que aquí el tiempo no corre: se posa.
Viajamos hacia las montañas y caminamos la Ruta Nakasendo entre Magome y Tsumago, con las hojas crujendo bajo los pasos y la sensación de estar atravesando siglos. Aquella noche, en un ryokan de los Alpes Japoneses, el vapor del onsen dibujaba sombras suaves mientras afuera el frío anunciaba el cambio de estación.
En Kanazawa paseamos jardines que parecían pintados a mano. En Kioto, el Pabellón Dorado reflejaba el fuego del otoño sobre el agua inmóvil. Guardamos silencio en Hiroshima, navegamos hasta Miyajima y ascendimos el Monte Misen bajo un cielo limpio.
Y cuando despertamos en el Monte Koya, entre cedros y campanas lejanas, entendimos que este viaje no había sido un recorrido: había sido un instante suspendido. Una experiencia irrepetible que, incluso ahora, sigue latiendo.
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