Llegamos a El Cairo con la sensación de estar entrando en un relato antiguo, donde el ruido y la historia conviven sin pedir permiso.
Tras las pirámides y la mirada eterna de la Esfinge, dejamos atrás la ciudad y el horizonte empieza a ensancharse.
El asfalto termina y comienza el verdadero viaje: una travesía en 4x4 por oasis remotos y rutas apenas transitadas del Desierto Occidental. El Desierto Blanco nos recibe con sus esculturas naturales, rocas que parecen surgir de un sueño y un silencio que lo envuelve todo. Más adelante, el Gran Mar de Arena impone su ritmo: dunas interminables, noches bajo un cielo desbordado de estrellas y la certeza de estar lejos de todo.
En el camino, la inesperada Cueva de Djara aparece como un refugio secreto en mitad de la nada. El regreso se hace pausado, casi melancólico, cruzando el oasis de Fayoum y deteniéndonos en Wadi Hitan, donde los fósiles de antiguas ballenas recuerdan que aquí, alguna vez, hubo mar. Un viaje que no se cuenta: se recuerda.
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